Sin saberlo transito por un camino llamado Blutstraße. Significa “camino de sangre” y me dá un prólogo de lo que veré luego, de lo que sabré en pocos minutos con tanto detalle como el que nunca hubiera esperado, haciendo que mi mente se transporte hacia aquellos años de dolor y sufrimiento, reviviendo, en mi alma, la sensación extraña, casi única que transita por los rincones de aquel lugar…
El viento sopla mientras camino y siento como este trae la desolación a la explanada, la respiro, la siento, la huelo, logro palparla e imaginar aquellos cuerpos amontonados en estado de putrefacción mientras el frio que comienza a afectarme me hace sentir pequeño… inservible… impotente…
Veo el crematorio y logro entender muchas cosas… el viento silba mientras las puertas crujen agitadas por el viento que quiere arrancarlas, dejando sentir levemente ese aire enrarecido, un olor… un hedor pesado, cargado, denso, mientras mi mente rellena los hornos con cuerpos quemándose o semiquemados emanando ese humo negro que advierte de la muerte total, que advierte de la devastación dejando restos mutilados de seres que alguna vez fueron una vida, una familia, una niñez, una persona cuyo pecado fué ser distinto, no ser ario, ser un impuro.
Salgo del edificio con la sensación de tener atrapadas en mi cabeza a todas esas almas que fueron mutiladas de sus vidas que fueron despedazadas y logro contemplar el escenario total de soledad y sufrimiento de aquel lugar.
Me siento solo, muy solo y pequeño, siento que en ese instante mi vida no vale nada, pero vale mucho, que mi vida no alcanza a ser la tierra maldita y marcada que se encuentra bajo mis pies, esa misma tierra que fué pisada por los piés descalzos de las almas que clamaron en su silencio, no terminar sus dias dentro de aquél horno que los borraría para siempre de este mundo, que los exterminaria cual hormiga atacada por un zapato.
No existe nada, nada que puedas hacer, para poder prepararte sobre lo que vas a ver, saber, oler y sentir…














